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Las nubes en el cielo tejiendo Sueños, 2022. Mayte Vieta.

Folleto_MAYTE VIETA

Cuerpo y mar

“Solo una cosa es segura: la contradicción entre peso y levedad es la más misteriosa y equívoca de todas las contradicciones”. Milan Kundera, La insoportable levedad del ser

“La experiencia del sufrimiento y la desgracia introduce el universo en el cuerpo. Para ello se hace preciso estar preparado, se necesita un cierto adiestramiento cuya meta es la de llegar a traducir, a leer el ‘texto de variadas significaciones’ que es el mundo. El método, único, para ese adiestramiento es la atención, es decir, según la definía María Zambrano, ‘esa primera forma de la conciencia, todavía religiosa’, que prepara al alma para su encuentro con el Bien, con la Belleza”. Carlos Ortega, en Simone Weil, La gravedad y la gracia, Trotta, Madrid, 1994

Ruido y silencio, peso y levedad, gravedad y ligereza, sueño y vigilia, proyección y percepción… Entre estos opuestos fluctúa O son do mar, una exposición de la artista multidisciplinar Mayte Vieta, que, al vaivén de contrarios aparentes, explora la sensación que todos habremos experimentado alguna vez de adentrarnos en ese espacio-tiempo paralelo que es el mar.

Sumergirse en las aguas marinas es sumergirse, también, en una misma. Los sentidos se agudizan y devenimos más conscientes de nosotras y de nuestro entorno, del lugar que habitamos y del sentido perecedero del mismo. El ruido exterior queda relativizado, y nuestra voz interior aflora en la oscuridad y el vacío marino. En la inmensidad líquida del fondo marino.

Adentrarse en el mar es una experiencia envolvente que nos concierne tanto a nivel físico como emocional. Es una inmersión en el paisaje que nos impregna, literalmente, de él. Físicamente, experimentamos cambios en nuestra percepción del entorno: la visión, la audición, el tacto, el olfato e incluso los movimientos de nuestro cuerpo se ven afectados por ese nuevo escenario. La visión se nubla, el paisaje se difumina y nos asentamos en la miopía. En cuanto a la audición, un silencio arrollador suele abrazarnos, aunque al permanecer unos instantes sumergidos, detectamos que lo que en un principio parecía un silencio es en realidad una constelación de sonidos y vibraciones sutiles latentes.

Con el cambio de gravedad, de algún modo, se produce también un cambio en los modos de interrelacionarnos con nuestro entorno. La lentitud de movimientos que impone el fondo marino se traduce en una intensificación del presente; los instantes se alargan como el eco de una voz lejana que reverbera en el espacio, y la fugacidad hambrienta del presente se ralentiza. En este contexto ingrávido y suspendido, lo mundano pierde peso y la vida parece redefinirse.

La sublimidad de la naturaleza nos ilumina en este sentido. En el mar, adquirimos conciencia de nuestra pequeñez y de nuestra impotencia. Al entrar en contacto con él, entramos también en un estadio místico de conexión con la naturaleza. Interior y exterior se armonizan en un gesto de comunión que nos recuerda que somos parte de un todo. El ego se desvanece, comulgando con algo más grande que él.

Es ese reconocimiento de la insignificancia humana ante la inconmensurabilidad de la naturaleza lo que simboliza el mar, el cual se expande horizontal y verticalmente más allá de nuestra percepción. Desde las profundidades más ignotas hasta la línea del horizonte, el mar rebasa nuestra comprensión. Eso nos seduce y nos atemoriza a partes iguales, quizás porque, como bien aseveró Eugenio Trías, “el sentimiento de lo sublime se alumbra (…) en plena ambigüedad y ambivalencia entre dolor y placer”.

En un contexto determinado por el antropocentrismo y sus consecuencias a nivel ecosistémico y climático, se hacen necesarias estrategias como la de Mayte Vieta que nos recuerdan hasta qué punto hay algo que nos supera. Desde el paso del tiempo hasta las fuerzas de la naturaleza, somos permeables a potencias que nos exceden. En este sentido, sus obras devienen una de las actualizaciones más relevantes del Romanticismo hoy en día.

Sin abandonar la formalización estética y el interés por la subjetividad, la emoción y la exploración de la interioridad propia del Romanticismo, Vieta puntualiza con su obra esta sensibilidad uniéndola a una reflexión mucho más contemporánea, que tiene que ver con la necesidad de concienciarnos sobre la escala de los acontecimientos climáticos y la urgencia de poder reconectar con nuestros orígenes si de lo que se trata es de preservar nuestro entorno.

Con una potencia expresiva cercana al Romanticismo, pues, la obra de Vieta aúna sensibilidad y sensibilización con la intención de evocar una comprensión más atenta de la belleza del mundo y de su fragilidad. Para ello recurre a la metáfora del mar, origen de todo pero también indicio de unos cambios cada vez más perceptibles que amenazan con desestabilizar el orden actual.

La metáfora del mar ha sido recurrente a lo largo de sus más de tres décadas de trayectoria. La primera incursión de la artista en las profundidades del mar se remonta a principios de este siglo, con su obra Silenci (Silencio, 1999) en la ya desaparecida sala Metrònom de Barcelona.

La instalación, formada por fotografías de gran formato y espejos que expandían el paisaje incluyendo al espectador, mostraba el cuerpo desnudo de una mujer debatiéndose entre la placidez amniótica del origen y el desasosiego de la existencia. Con su obra, la artista parecía expresar una forma de felicidad compleja que confronta sentimientos encontrados de plenitud y de fuga. Al sentimiento de plenitud lo acompañaba una extraña percepción de melancolía, una especie de estupor ante la dimensión inconmensurable de la naturaleza, que tan pronto nos acaricia como nos oprime.

Casi diez años más tarde, tras su maternidad, Vieta revisaba el fondo marino con su serie Cuerpos de luz (2009).

En estas fotografías, una luz proyectada en el mar mediante un potente foco nos revela la presencia de un cuerpo femenino flotando en medio de la nada. Inmerso en la quietud de un abismo ingrávido, el cuerpo da la impresión de estar suspendido en el tiempo y en el espacio, en una realidad paralela, onírica; más alegórica que descriptiva. Acaso reflejo de su interior, el mar denso, oscuro y sofocante que envuelve la figura femenina evoca la naturaleza más sublime y aterradora. Inerte y desnudo, el cuerpo levita, como la Ofelia de Millais, en aguas heladas, completamente expuesta a la intemperie.

A la vez una metáfora y una alusión a nuestro origen primigenio, estas fotografías nos hablan de la insoportable levedad del ser, de la solitud inherente a la existencia, la desolación ante el paso del tiempo, la falta de significado y, en definitiva, la nada.

Serie Nocturna, 2014. Consta de nueve fotografías.

Colección Fundacion Vila Casas. Nocturna, 2014. Fotografía en aluminio con marco de acero y madera. 127cm x 196cm.

Vista de la exposición CGAC, 2024/2025. Santiago de Compostela.

Colección Fundacion Vila Casas. Nocturna, 2014. Fotografía en aluminio con marco de acero y madera. 127cm x 196cm.

Colección de Mayte Vieta. Nocturna, 2014. Fotografía en aluminio con marco de acero y madera. 127cm x 196cm.

Nocturna (2014), en cierto sentido, viene a ser el contrapunto de Cuerpos de luz (2009). Así como Cuerpos de luz evoca la paralizante inmensidad de la naturaleza, representada en las profundidades más gélidas, ignotas y oscuras del océano, Nocturna incorpora movimiento, ligereza, fluidez. En Nocturna ya no encontramos un cuerpo lánguido sumido en una quietud inquietante, sino una bailarina, que se desenvuelve en el fondo acuático mimetizándose con su entorno. Nocturna incorpora el dramatismo y el contraste de Caravaggio y se sirve del claroscuro para enfatizar la oscuridad: esa nada invisible hecha de ausencia que nos remite a la noche, a la muerte y al silencio.

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Emergiendo de las profundidades ignotas del océano, encontramos la instalación La sonrisa innumerable de las olas del mar (2022), una suerte de caleidoscopio que contiene diferentes líneas de horizonte. A través de estas líneas, nos habla de la imposibilidad de hacernos una imagen de la inmensidad de la naturaleza, la cual escapa a nuestra perspectiva y nuestras capacidades de percepción física. Esta imposibilidad de visión holística y omnisciente se ve reforzada por el entorno oscuro de la sala que acoge la instalación, completamente tapiada y desprovista de otro color que no sea el negro más profundo. Con esta escenografía, busca de nuevo la ambivalencia y la armonía entre contrarios estableciendo un juego entre la visión del exterior y la sensación de encontrarse dentro del mar, en las mismas profundidades que la mujer de la sala anterior, emplazada análogamente en un entorno contrario al contexto temático. 

Fotografía por Natalia Chocarro. Comisaria de la exposición. Instalacion La sonrisa innumerable de las Olas del Mar. 

Silencio, Nocturna y Cuerpos de luz se sitúan en una sala de paredes blancas iluminada artificialmente. La oscuridad de las obras y la sensación de profundidad que transmiten contrastan, pues, con el vacío iluminado que las rodea. El opuesto se da en la tercera y última sala de la exposición, donde, en continuidad con la instalación de los diferentes amaneceres sobre el mar, encontramos tres paisajes retroiluminados, aislados por una oscuridad envolvente y arrolladora. Estos tres paisajes, de la serie O paraíso perdido, retoman el tema de la línea del horizonte, con la diferencia que, esta vez, la encontramos intervenida con islas y formaciones rocosas diversas que vienen a simbolizar el aislamiento, la alienación y la soledad humana ante los acontecimientos que nos sobrepasan.

CGAC  “O paraíso perdido” (2009) instalación 2024- 2025. Museo de arte contemporánea en Santiago de Compostela.

Inspirados originalmente en unas marinas que le regaló su padre, estos paisajes nos hablan del dolor, la pérdida y la desolación, pero también de la resiliencia y de nuestra capacidad de resistir y persistir. Más allá de la línea del horizonte, hay esperanza. La propuesta de Mayte es recontrarnos con nosotras mismas y con nuestro entorno para concebir este nuevo amanecer.                                                                                                            Natàlia Chocarro Bosom Asesora de arte de presidencia. Programa PUNTS DE FUGA de la Fundación Vila Casas, Barcelona.

Fotografía de Natàlia Chocarro CGAC, septiembre del 2024.

Obras © Mayte Vieta, VEGAP. Santiago de Compostela, Spain. 2024 / 2025.

                 

ILUCES DE SEPTIEMBRE EN EL CGAC 2024

LUCES CGAC SEPTIEMBRE 2024

E L    M E J O R   P A R A Í S O

E S    E L    P A R A Í S O   P E R D I D O. 

Paradise Lost. John Milton (1608-1674)

El espacio-tiempo en el CGAC. El proceso creativo: tiempo, luz y espacio.

La arquitectura en el CGAC (Centro Galego de Arte Contemporánea) se presenta como un auténtico escenario de introspección. Diseñado por Álvaro Siza, cada vacío, cada silencio arquitectónico, se convierte en un umbral hacia la introspección. Las líneas limpias y los volúmenes geométricos que definen su diseño destacan por una simplicidad que, al observarla, revela una complejidad sutil. Cada elemento, desde los ángulos cuidadosamente pensados hasta la interacción con el entorno, invita a la contemplación pausada. Este equilibrio entre lo simple y lo complejo permite que el edificio contraste y, a la vez, armonice con el paisaje histórico de Santiago de Compostela.

La atmósfera que emerge se construye a partir de la interacción de la luz natural con los materiales, en especial el granito, que aporta una solidez terrenal y a la vez una ligereza gracias a su integración con la iluminación cambiante del día. En su interior, las sombras y reflejos que se proyectan sobre las superficies generan un ritmo visual que parece ralentizar el tiempo, transformando cada rincón en un espacio para la pausa y la reflexión.

Reportaje de la exposición: Fotografias LA DIAPO. CGAC.

En este marco, la exposición O son do mar se entrelaza perfectamente con el espíritu del museo. La muestra no solo ocupa el espacio, sino que lo transforma, al mismo tiempo entre los silencios y vacíos del diseño refuerzan la sensación de recogimiento. La exposición crea un refugio emocional dentro del refugio físico del edificio. Cada sala se convierte en un “espacio dentro de otro espacio”, una serie de capas que aíslan al visitante del bullicio exterior y lo conducen hacia una experiencia íntima. Se encuentran consigo mismos, en un diálogo íntimo con los ecos del mar, la luz, la oscuridad y el entorno arquitectónico. Así, el visitante no solo experimenta un espacio, sino que vive un instante suspendido.

 “O son do mar” es, en esencia, una exploración sensorial y emocional, un recorrido que traslada al visitante desde la contemplación del cosmos hasta la profundidad de la naturaleza y, finalmente, hacia la introspección sobre la fragilidad y la belleza de la existencia. 

La exposición se despliega en la planta 1, en tres salas, cada una concebida como un microcosmos que invita a la reflexión y al descubrimiento: En la primera sala, las fotografías de las series Cuerpos de luz (2009), Nocturna (2014) y Silencio (1999) interactúan con un espacio iluminado tenuemente. A través de la luz del lucernario, semi oculto por la mesa invertida del techo hacen resbalar una luz difusa por las paredes, iluminan las fotografías dispuestas en tres trípticos creando un movimiento en pausa a través de la mirada. Contrastan: Tres cuerpos sumergidos en el mar azul y tres en negro profundo. Evocando el diálogo entre lo eterno y lo efímero. Un total de once fotografías, frente a dos siluetas difusas, Silencio y La burbujita que en su parte central las siluetas gravitan entre la atracción del plancton, y nos trasladan hacia el universo de la sala 2.  

Silencio, 1999. 200cm x 200cm. Fotografia en foam con metacrilato. Marco de hierro y madera.

Fotografía OVÍDEO. CGAC

Lo inmensurable. 

La segunda sala, La sonrisa innumerable de las olas del mar, sumerge al visitante en la oscuridad. Quince cajas de luz forman una constelación de fotografías, marinas en blanco y negro. Inspirada en noches de insomnio durante la enfermedad de mi padre, la instalación refleja cómo la búsqueda de la contemplación del mar y las estrellas se convirtió en evasión. Sitúan al espectador dentro de la oscuridad frente la instalación, ante un parpadeo de luz, se crea una sensación de movimiento en lo fotografiado por un efecto óptico de la retina, al habituarse de la la luz a la oscuridad nos traslada en un viaje espacio/tiempo. Profundamente personal y poética, concebida desde los recuerdos transforma las emociones en una experiencia espacial y visual. Un delicado tejido íntimo y a la vez universal.

La disposición de las cajas de luz como una constelación en una noche oscura, permite al espectador transitar entre la inmensidad del universo y la intimidad.

Las pequeñas cajas de luz que emulan destellos de estrellas y contienen marinas, en blanco y negro, no solo como paisajes del mar, sino también fragmentos del tiempo, a través de las estaciones y las condiciones cambiantes del cielo y la luz brillante en las olas del mar, crean un registro visual del tránsito de los días y las estaciones. Este juego entre luces, penumbras y oscuridad, entre lo micro y lo macro, refleja la universalidad del amor, el deseo y la esperanza inherente al acto de recordar. El juego de percepciones—desde la distancia como estrellas y de cerca como marinas—revelan cómo los recuerdos toman forma en nuestra mente: fragmentados y dispersos desde lejos, pero llenos de detalle y significado en la proximidad.

LA SONRISA INNUMERABLE DE LAS OLAS DEL MAR 2024

Desde esta experiencia personal (2019-2022) marcada por la pandemia y la enfermedad de mi padre, en un momento de incertidumbre el arte se convirtió en inquietud hacia lo luminoso y atracción hacia la luz a través de los cuerpos celestes: la luna, las estrellas, los planetas.

 

                                                                                               Detalle de la marina regalo de mi padre (autor desconocida)         

Recordé a mi padre llevándome de visita a un pequeño estudio de un pintor de acuarelas en la calle Pelayo, en Barcelona, a la edad de ocho años. Las miniaturas de marinas cubrían las paredes, con su delicadeza y detalle. Mi padre me regalo una pequeña miniatura de 6×8 cm un pequeño universo contenido, reflejando la inmensidad del mar en un pequeñito cuadro. Se ha convertido en un símbolo del perdón: un vínculo tangible entre mi padre y el momento compartido.

Para dar sentido al caos, en mi duermevela, visione esa imagen de marinas flotando como constelaciones y en ellas, el mar estrellado y el cielo con nubes viajeras como escenarios infinitos reflejando la búsqueda en la eternidad del recuerdo. Un episodio de mi infancia que pasó desapercibido en su momento, se revelo tras la perdida como una semilla que floreciendo. En cada caja parece contener ecos de esa búsqueda, capturando instantes efímeros que, sin embargo, trascienden el tiempo y adquieren un significado más amplio, resonando con quienes también comparten emociones de pérdida y redescubrimiento. Este diálogo entre lo íntimo y lo universal, entre la fragilidad de la vida y la búsqueda de lo perdurable, convierte a la obra en un espejo donde el espectador puede ver reflejada su propia experiencia. Resuena profundamente con quienes buscan significado en sus propias ausencias. 

Un tiempo profundamente marcado por la pérdida, tras el reciente fallecimiento de mi padre. La serie “Nada es más negro”, cuyas palabras resuenan con fuerza a lo largo del proceso creativo, se origina en la frase de Paul Celan: “Nada es más negro que la mañana luminosa del recuerdo”. Creando doce cajas de luz para la instalación presentada en el 2022 Cosmos. Mirar en la oscuridad entre las estrellas” exposición, en el Castillo de Vila-Seca de Tarragona.

Transcurridos tres años de la muerte de mi padre la instalación presente en el CGAC, 2024 propicio el cambio de título y la continuidad de la serie en tres nuevas producciones. Un proceso de transformación emocional, desde el dolor hacia la sanación y la aceptación. 

Este gesto poético da nombre a un nuevo titulo de la serie “La sonrisa innumerable de las olas del mar”, la frase acompaña a las fotografías que aparecen en la pared frontal de la instalación a una distancia de once metros en vinilo dorado, no solo como una metáfora visual de la resistencia al olvido, sino también una afirmación de la perpetuidad de la memoria.   

Las palabras doradas brillan en la penumbra de la pared evocando la esperanza, una promesa de continuidad entre el pasado y el presente. Una ofrenda, al ser recordados.

         
Fotografia LA DIAPO. CGAC

 

O      P  A  R  A  Í  S  O      P  E  R  D  I  D  O

La fragilidad de la naturaleza y el ser humano.

Mi trabajo se desarrolla en un diálogo continuo con el tiempo, la luz y el espacio. 

En la tercera sala, titulada O paraíso perdido, el visitante es sumergido en un espacio donde tres paisajes  — un paisaje rojo de Islandia (2006), Costa Brava (2019) y una fotografía del monte Circeo, Italia (2020/2024)— conforman una instalación profundamente evocadora. Producida por el CGAC, 2024 esta instalación establece un diálogo silencioso con el espectador, aislándolo del ruido del mundo y transportándolo a escenarios que oscilan entre lo real y lo imaginario. 

Son paisajes que, aunque ajenos al visitante, despiertan sueños, viajes mentales y una contemplación introspectiva.

Paisajes de la fragilidad y la inmensidad.

Las fotografías expuestas pertenecen a una serie que abarca casi dos décadas de exploración de paisajes atemporales y diversos, desde la Patagonia e Islandia hasta Tahití y Escocia (2001-2020). Estos espacios, despojados y subyugantes, capturan la esencia de la naturaleza en su estado más puro, pero también exponen su fragilidad. El silencio absoluto que emana de estas imágenes refuerza una estética romántica donde la inmensidad se mezcla con el misterio, subrayando la vulnerabilidad inherente tanto al paisaje como a la existencia humana.

Estas fotografías revelan una conexión íntima con la naturaleza, una búsqueda de su belleza sublime, pero también su vulnerabilidad frente al tiempo y las fuerzas del entorno.

 

Diálogo entre lo tangible y lo onírico.

La tensión que se percibe en estas fotografías, oscilando entre lo real y lo imaginario, abre una puerta hacia una percepción ampliada de la realidad. Los paisajes erosionados por el tiempo y los elementos, espejismos y reflejos cromáticos, así como los contrastes de luz y sombra, transforman lo visible en símbolos de libertad y exploración mental. Estos elementos no solo representan lugares geográficos, sino que se convierten en escenarios para la introspección, invitando al espectador a reflexionar.

El poder de lo efímero.

La fotografía, como medio, actúa aquí como una herramienta para capturar la fugacidad y, al mismo tiempo, sugerir lo eterno. Este medio congela el instante, transformándolo en un espacio suspendido donde el presente se preserva en el tiempo. Sin embargo, esta suspensión no está exenta de una tensión inherente: la consciencia de la transitoriedad. Este juego entre la materialidad de la imagen y la intangibilidad del tiempo resuena con las palabras de John Berger:

Ante la individualización de cada instante, ningún presente puede cargarse de una significación estable. La primera tentativa de salvación es recordarlo pero se trata de una acción estéril que cambia irremisiblemente la naturaleza del instante, un simulacro- escribe al respecto John Berger- que disfraza el tiempo en una infinita repetición del pasado (1).  (1) John Berger, Jean Mohr, “Otra forma de contar”, Mestizo, Murcia, 1997. 

En la inmensidad del espacio: un diálogo entre luz, tiempo y humanidad.

En esta instalación, las tres fotografías iluminadas en plena oscuridad evocan un juego óptico hipnótico, donde las imágenes parecen flotar como capas de aire con densidades variables. Este efecto genera una sensación de profundidad y tiempo suspendido, llevando al espectador a una dimensión en la que lo visible se entrelaza con lo intangible.

En esta fusión entre luz y oscuridad, se intensifica esta atmósfera introspectiva, no solo permite contemplar los paisajes, sino también habitar un espacio emocional, donde el espectador se encuentra desdibujando los límites del presente y permitiendo una experiencia inversiva que atraviesa el flujo del tiempo y la memoria. La vulnerabilidad del paisaje se convierte en un reflector íntimo que confronta al observador con su propia temporalidad y lo invita a encontrar fortaleza en esa fragilidad.

La sala parece inhalar y exhalar con cada cambio de densidad y luz, creando un paralelismo entre los ciclos naturales y los procesos internos del espectador. En este espacio, el pasado, el presente y el futuro se fusionan, materializando un tiempo que no transcurre, sino que se detiene.

O PARAÍSO PERDIDO 2024 MAYTE VIETA

La fuerza de lo efímero.

La obra celebra la fugacidad como una paradoja: en lo transitorio se encuentra la fuerza, y en la desnudez del paisaje, su capacidad para conmover y conectar profundamente. No es el paisaje grandioso el que impacta, sino el desolado, el que, en su honestidad, invita a la contemplación y a una relación más íntima con el tiempo y la naturaleza. La atmósfera creada a través del juego de luces y densidades espaciales desdibuja los límites del presente, permitiendo que el espectador sienta el flujo del tiempo y el espacio. El pasado, el presente y el futuro se entrelazan en un tiempo que no se mide, sino que se percibe y habita.

La instalación establece paralelismos con las tradiciones artísticas del Land Art y el arte ecológico. Al igual que Robert Smithson o Nancy Holt, transformaron paisajes naturales en espacios para la contemplación, estas fotografías trascienden su contexto físico, invitando a reflexiones metafísicas. Eligiendo una postura poética y espiritual, que resalta la relación emocional entre lo humano y la naturaleza en las fotografías no solo documentan un lugar, sino que trascienden su contexto físico para invitar a reflexiones sobre la existencia.

En O paraíso perdido, nos recuerda que, aunque todo parezca desvanecerse, la naturaleza y el arte poseen la capacidad de conectar lo efímero con lo eterno, lo individual con lo universal, y lo material con lo trascendental. 

Revelan cómo la belleza más conmovedora y la fragilidad son inseparables.

Lo que es fugaz, nos conecta con lo eterno; lo que es vulnerable, nos revela nuestra propia fuerza.

Mayte Vieta. Noviembre del 2024.

 

La nubes en el Cielo tejiendo Sueños, 2022. Mayte Vieta                 invitación Mayte Vieta_Digital

 

Fotografías de los días del montaje en el CGAC.

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